El atardecer de un símbolo eterno


mandelaDesde mi infancia hasta el día de hoy, contrario a muchos – sobre todo a los románticos – detesto los atardeceres… me producen tristeza. Las primeras experiencias que recuerdo y que están asociadas a este fenómeno ineludible que se superpone a la luz del día, provienen de reminiscencias de niño en las que, aquellas montañas que rodeaban el pequeño valle en el que estaba enclavada la cálida morada de nuestros padres – allá por las lomas de Constanza –  servía de cuna a las ya débiles luces del sol que comenzaban a agonizar y a dar paso a la taciturna y enorme oscuridad, que solo esclarecía su aspecto cuando, a lo alto, allá en el firmamento, comenzaban a brillar las tintineantes estrellas… y en cuanto a la tristeza, solo se deshacía cuando la madre, sabedora de esa debilidad, dedicaba unos minutos a “arrullar” a su primogénito. Sigue leyendo