El atardecer de un símbolo eterno


mandelaDesde mi infancia hasta el día de hoy, contrario a muchos – sobre todo a los románticos – detesto los atardeceres… me producen tristeza. Las primeras experiencias que recuerdo y que están asociadas a este fenómeno ineludible que se superpone a la luz del día, provienen de reminiscencias de niño en las que, aquellas montañas que rodeaban el pequeño valle en el que estaba enclavada la cálida morada de nuestros padres – allá por las lomas de Constanza –  servía de cuna a las ya débiles luces del sol que comenzaban a agonizar y a dar paso a la taciturna y enorme oscuridad, que solo esclarecía su aspecto cuando, a lo alto, allá en el firmamento, comenzaban a brillar las tintineantes estrellas… y en cuanto a la tristeza, solo se deshacía cuando la madre, sabedora de esa debilidad, dedicaba unos minutos a “arrullar” a su primogénito. Sigue leyendo

Juegos de poder en la cancha… y en las calles


brasilEl hombre puede ser, como afirmaba Protágoras, la medida de todas las cosas. Como ser histórico y en el orden de la creación de su “propio diario biográfico” es, como en las sociedades, el creador de sí mismo; por tanto, sus acciones definen y “miden” el contexto personal y colectivo en el que en determinado momento de la historia se desarrollan, haciendo desarrollar, a su vez, su medio societal y quizás hasta su propia dimensión humana. Surge a partir de esta frase la idea del relativismo subjetivista que señala la imposibilidad de tener una verdad absoluta y universal que marque por igual a todos los hombres y el concepto de la versatilidad de este frente a distintas circunstancias. Ortega y Gasset lo diría muchos siglos después de esta forma “yo soy yo y mis circunstancias”. Sigue leyendo