La Convención sobre la Pronta Notificación de Accidentes Nucleares junto con el Convenio sobre Asistencia en Caso de Accidente Nuclear o Emergencia Radiológica son los dos Convenios que crean el marco jurídico para la cooperación y coordinación internacionales en caso de emergencia nuclear o radiológica, ambos bajo los auspicios del Organismo Internacional de Energía Atómica (OIEA).

Con esta Convención, la primera de ambas que la República Dominicana ratifica, se busca garantizar un elevado nivel de seguridad en las actividades nucleares y se estipulan en ella medidas de gran amplitud, encaminadas todas a impedir accidentes nucleares y a reducir al mínimo las consecuencias de tales accidentes, si llegasen a  producirse.

Las consecuencias radiológicas transfronterizas son el elemento responsable de secuelas dañinas al medioambiente con las cuales deben los Estados lidiar; en tal sentido se hace necesaria la cooperación constante y vigilante por parte estos, así como la notificación rápida y pertinente con la que se logre llevar a la mínima expresión los efectos desastrosos en caso de que se produjese un accidente nuclear o algún otro desastre de igual índole.

La República Dominicana, en la ejecución de su política exterior, no solo busca el blindaje cualitativo del Estado con respecto a las incidencias externas de naturaleza perniciosa que pudiesen incidir negativamente en el bienestar y la salud de la nación, sino que, y en adición a esta primigenia intención, estrecha lazos y se une a otros Estados en la búsqueda de mecanismos de prevención y solución rápida ante fenómenos imprevistos que pudieran ocasionar catástrofes de dimensión desconocida para la región donde ocurriese y en el peor de los casos, para todo el planeta azul.

El volador de cometas


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Cuando Zabur mira al cielo no ve dioses ni princesas ni dragones ni sueños, sólo ve un vacío preñado de nubes y vientos en los que un buen volador de cometas sabrá jugar con la altitud y los cambios de dirección exactos para cortar las de los demás. “A veces tengo suerte y consigo derribar diez en un día. Otras no tengo tanta y me derriban a mí”, dice con los ojos muy abiertos, redondos, como si llevara el susto dentro del cuerpo. Zabur tiene 11 años y la mirada cansada, triste, casi de anciano, porque a veces con sólo ver desgracias se envejece. Sus ojeras, dos bolsas que se pliegan, delatan una vida de escasez, que cuando lo esencial no llega, el paso del tiempo es otro, deja huellas y cicatrices.

Zabur va al colegio. Le gusta aprender dari, la lengua nacional emparentada con el farsi de Irán. En un mundo de analfabetos como Afganistán, saber leer y escribir representa un salto social, pasar de la miseria a la pobreza, que diría Marx, Groucho Marx. Le apasiona el colegio porque aprende más cosas: “Me gusta mucho el inglés y el santo Corán”, asegura sin dejar escapar un sentimiento, un atisbo de sonrisa, escondido siempre detrás de su cometa azul llena de magulladuras. Cada herida, una tirita de celofán. “Esta cometa cuesta 15 afganis”, dice. Con un dólar se podrían comprar tres y guardar algo para caramelos. Es el único que tiene y sabe que no está para sobrevivir a muchas más derrotas en el cielo de Kabul.

 Los talibán, que significa estudiantes de religión, la tomaron con las cometas. Las prohibieron al llegar al poder en 1996. Hacer volar una en el cielo era, al parecer, pecado, un desafío inadmisible a Dios, el único que puede ocupar el espacio celestial. También prohibieron la música, la televisión y el cine, incluso el cine sacro. Eran obligatorias las barbas en los hombres y el burka en las mujeres.

El periodista estadounidense David Rohde, que estuvo secuestrado siete meses y diez días por los talibán, cuenta en un libro recién publicado en Estados Unidos, que sus captores le pedían canciones pop occidentales y mientras que él tarareaba piezas demoníacas como She loves You de los Beatles, sus secuestradores hacían los coros. Quizá la distancia no sea tanta cuando se cae la máscara.

Cada cometa que vuela en Kabul, y son muchas estos días de finales de otoño en los que el invierno asoma en forma de nieves en las montañas, es un desafío, un grito de libertad. Los miles de niños Zabur que corren y gritan por las calles de esta ciudad, por los cementerios y las terrazas, son antídotos vivientes contra la intransigencia de los adultos, contra la guerra. Cada uno convertido en un émulo del escritor Jaled Hossein.

 “Todo depende del nailon”, explica Zabur. “Si es bueno y sabes hacer volar la cometa cortarás muchas de las que están cerca de ti. Si el nailon no es bueno sólo conseguirás golpear a la otra cometa, nunca derribarla”. Uno bueno cuesta más que una cometa. Dependiendo del gusto y las manías del volador de cometas son necesarios mil o dos mil metros. “Cuando corto una, el otro niño no se enfada. No dice nada. Sólo recoge la suya y se va a casa. Cuando me cortan a mi tampoco me enfado. Sólo recojo mi cometa y voy a casa a pegarle celo en los rotos. Sólo juego los viernes que hay viento. En los demás días voy al colegio”.

El niño Zabur tarda en coger confianza en la conversación. Al principio se protegía con la cometa como si ésta fuese un escudo. Ahora, al final de la charla, como si ya no temiera una pregunta difícil, sonríe tímidamente. Sus ojos redondos con el susto dentro están colorados y lagrimean por el polvo. “No me pasa nada. Los tengo así de mirar tanto al cielo. Hoy he jugado tres horas seguidas”. Cuando el extranjero se va, Zabur mira en su mano el valor de tres cometas nuevas, o una sola con el mejor nailon que se pueda comparar en todo Kabul. Esta vez Zabur parece muy feliz.

Tomado de “CUADERNOS DE KABUL” .

elpais.com

CONVENCION INTERAMERICANA PARA FACILITAR LA ASISTENCIA EN CASOS DE DESASTRE


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La Convención de la que hablamos en este artículo, fue firmada el 06 de julio de 1991 y entró en vigor el 16 de octubre del 1996, con la ratificación de la misma por parte de Panamá, Perú y Uruguay.

Hoy a 18 años de la firma de esta importante Convención y justamente en la administración de una Política Exterior proactiva, volcada en la aportación hacia el fortalecimiento de las instituciones y mecanismos que persiguen la cooperación efectiva de nuestro país en momentos de calamidad, sobre la base de la reciprocidad con otros Estados del hemisferio, depositamos el pasado 17 de julio del 2009 el instrumento de ratificación de tan trascendental Instrumento Internacional.

La Convención Interamericana para Facilitar la Asistencia en Casos de Desastres, constituye en sí, la búsqueda y construcción de un modelo compartido de atención humanitaria multilateral, para actividades de socorro humanitario, rehabilitación, reconstrucción y desarrollo, sin dejar de lado el tema tan necesario de la prevención y creación de mecanismos de mitigación de desastres.

La ratificación de esta Convención representa para la República Dominicana un hecho de trascendental importancia, sobre todo si nos basamos en el consabido hecho de nuestra ubicación geográfica, la que nos coloca en una posición de vulnerabilidad extrema ante la embestida de los fenómenos naturales. Pero, no menos importante es el hecho de que con esta decisión llevada adelante por nuestro país contribuimos objetivamente a la codificación y estructuración jurídica de un marco legal que rija la cooperación y la asistencia inmediata por parte de instituciones ligadas al socorro humanitario en momentos de crisis y de agobio como producto de la ocurrencia de algún funesto acontecimiento de la naturaleza.