Las promesas electorales y la odisea de su cumplimiento


El día 02 de junio del 2010, en horas de la mañana, Japón era testigo de la meteórica caída de la carrera política de Yukio Hatoyama.

Justamente el día anterior, participando nosotros como personal logístico en la Cumbre por la Reconstrucción de Haití que se celebraba en un exclusivo hotel de la zona de bávaro, en la República Dominicana, comentábamos con un alto funcionario diplomático del Japón (patria de mi padre) el desempeño gerencial que hasta el momento había tenido el, hasta ese momento, flamante Primer Ministro del Reino de Japón y la hecatombe que comenzaba a venírsele encima con la renuncia dos días atrás del Partido Socialdemócrata, quien había sido parte de la coalición tripartita por medio de la que había accedido Hatoyama al poder.

En los años en los que viví en Japón fui testigo de la ajetreada labor política y mediática de Yukio Hatoyama. Lo podía ver a cada momento en todos los canales de televisión, las personas comentaban acerca de sus ideas desarrollistas, de corte nacionalista y, podríamos decir, hasta irreverentes ante la relación de amistad desigual que mediaba (o que hasta el momento subsiste) entre los Estados Unidos y el reino de los samurái. Representaba con orgullo a la cuarta generación de políticos de su familia; aquella misma familia que allí, haciendo una comparación modesta, es considerada como la “Familia Kennedy de la Política Japonesa”, con enorme prestigio tanto económico como social y poseedora de un arraigo sorprendente en la forma de conducir a la opinión pública hacia sus lides.

Finalmente el 30 de agosto del 2009, con unos resultados aplastantes, el Partido Demócrata de Japón, del que Hatoyama es presidente, accede al poder, dando término con ello a sesenta años de gobiernos conservadores llevados a cabo por el  PLD (Partido Liberal Democrático), y con una agenda progresista,  Hatoyama es electo Primer Ministro de Japón asumiendo el poder 16 de septiembre del 2009, sin siquiera adivinar que tendría que renunciar  unos nueve meses después.

De manera que, la carrera política de un líder, forjado con esmero y con magistral dedicación por décadas, terminaba luego de ejercer el poder por tan solo lo que espera un niño en nacer, un periodo de unos insignificantes nueve meses.

Que provocó este desastre en la vida política de Hatoyama?

Sencillo: una promesa electoral

Estados Unidos posee bases militares en Japón, las cuales albergan la friolera de 47,000 efectivos. De éstos, más de la mitad se concentran en la Base Militar de Futenma, Okinawa en una zona poblada en la que se han suscitado incidentes y en la que la población lleva años pronunciándose contra el ruido de los aviones, la contaminación y la delincuencia exhibida por algunos soldados estadounidenses y que ha perjudicado y perjudica a los residentes allí.

Hatoyama, dentro de su agenda de propuestas, formuló e incentivó la esperanza en Japón de que, una vez en el poder, cerraría o transferiría a otro lugar donde no molestase a la población, la referida base. Graso error, porque, en el deseo de reformular las relaciones con los Estados Unidos y de llevar las mismas a un plano de igualdad entre ambos países, se le ha complicado el asunto y, luego de presiones internacionales de este ultimo así como de los aliados que posee el coloso norteamericano en el espacio geopolítico del lejano oriente, ha tenido que consentir  en dejar allí mismo donde está, la controversial base militar de los Estados Unidos.

Esto sin duda le ha acarreado el rechazo de la población e incluso de su propio partido, llevándole conminatoria y sumariamente a la irrevocable renuncia el 02 de junio del 2010, como mencionaba antes, a tan solo nueve meses de haber accedido al poder con las mayores expectativas que la política vernácula ha tenido en los últimos tiempos en Japón.

Este acontecimiento, sin duda, nos hace apreciar la sublimidad de protección al honor, incluso en los avatares de la política vernácula del Japón y necesariamente nos retrae al escenario de la ignominiosa política que se practica por estas latitudes del Caribe o de la República Dominicana en donde la medida de las promesas que salen de la boca de los candidatos políticos es proporcionalmente relativa a las necesidades de quienes las escuchan, sin importar si existe o no la mas mínima condición para honrar las mismas.

Muchas veces escuchamos que es malo copiar, sin embargo, este tipo de comportamiento cívico y responsable, en donde renunciar a un cargo político resulta ser la manera mas honrosa de dar la cara ante la población,  es digno de hacer de él un calcado íntegro y perfecto con miras a transformar la manera de hacer política en la República Dominicana. Es más, la sociedad debería, tal como si fuera una madre responsable y estricta observadora del comportamiento de sus hijos, obligar a los que acceden al poder (en cualquier nivel) a cumplir con sus compromisos o en su defecto a no prometer aquello de lo que, aún antes de salir de su boca convertido en promesa para sus electores, saben que no es más que una vil mentira.

Salud!!

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